Si bien el verano es la época en la que se utilizan más las gafas de sol, es necesario hacer uso de ellas durante todo el año, incluso en los días nublados. Proteger la salud ocular, especialmente la de los niños, resulta una tarea fundamental.

En este sentido, debemos proteger los ojos tanto del sol, como del agua y el aire acondicionado, ya que se trata de factores que dañan la vista. Nunca se debe mirar directamente al sol con o sin gafas, pues puede dañar la retina e incluso causar una ceguera irreversible.

En este sentido, no proteger a los niños de todos estos riesgos oculares puede desencadenar queratitis a corto plazo, lo que produce dolor, fotofobia y enrojecimiento ocular, mientras que a largo plazo puede generar alteraciones en la retina o cataratas precoces.

El primer paso para evitar todo esto es educar al niño de manera que sepa que nunca ha de mirar de forma directa al sol. De este modo, es aconsejable que utilicen gafas de sol desde los tres años de edad.

Sin embargo, cualquier gafa no es válida, ya que deben ser homologadas y testadas para que filtren entre el 95 y el 100% de la radiación UV. Además, complementar su uso con gorras o sombreros favorece la protección ocular.

Por otro lado, las gafas infantiles deben estar fabricadas con un material que resulte confortable y, al mismo tiempo, resistente. Para los niños hasta cinco años, lo ideal es la silicona, mientras que, de cinco años en adelante, las gafas de acetato son las más adecuadas.

A parte de las gafas de sol y las gorras, es fundamental limpiar e hidratar los ojos de los niños con frecuencia, así como evitar la exposición solar entre las 12 y las 16 horas (momento de mayor radiación) o a las pantallas y dispositivos portátiles de manera prolongada.

También es importante utilizar gafas de agua en piscinas y playas porque la arena de la playa refleja entre un 10 y un 25% la luz del sol, mientras que el agua refleja un 20%. Para complementar la eficacia de todos estos consejos es necesaria una visita regular al oftalmólogo.