A TRAVÉS DEL OLFATO

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Lupa y Moka, dos perritas que alertan de los cambios en los niveles de glucosa de sus dueñas con diabetes

Lupa y Moka forman la patrulla canina perfecta de Ana y Eva, dos hermanas enfermas de diabetes desde que tenían cinco años. Los dos animales están perfectamente entrenados para ser capaces de detectar, a través de su olfato, los cambios en los niveles de glucosa de sus dueñas.

Lupa y Moka, dos perritas que alertan de los cambios en el organismo de sus dueñas con diabetes
Ana y Eva con Lupa y Moka | SINC

Estas perritas vigilan y alertan a Ana y Eva, de 11 y 13 años respectivamente, que sufren desde los cinco años diabetes tipo 1, de cualquier alteración en sus niveles de glucosa, y lo hacen incluso antes de que los sensores la puedan detectar.

Los animales acompañan, incluso, al colegio a ls niñas. Los animales entran con correa y arnés a las aulas y su presencia ya no sorprende a los demás alumnos. Se han convertido en un estudiante más, aunque están pendientes, en todo momento, de sus dueñas.

Sin duda estas dos perritas son de una gran ayuda para estas pequeñas ya que tienen que estar continuamente vigilando el azúcar que tienen en sangre. "Nuestros padres se despiertan muchas veces por la noche a medir nuestros niveles porque nos podemos quedar en coma", ha contado Eva que confiesa que las perritas aún están esforzándose para mantenerse alertas mientras ellas duermen.

Los perros, con una gran sensibilidad olfativa entre 40 y 60 veces mayor que la humana, identifican una sustancia química, llamada isopreno, que desprenden las personas diabéticas a través de la respiración, según ha revelado recientemente un estudio de la Universidad de Cambridge en la revista Diabetes Care. 

Así, cuando Lupa y Moka, detectan alguna anomalía ladran a las pequeñas, les dan en la pierna o levantan la cabeza y, desde ese momento, las niñas tienen unos 20 o 30 minutos de margen para evitar que los niveles sigan bajando o subiendo. 

Una vez que reciben el mensaje, Ana y Eva miden sus niveles de glucosa con un sensor que no requiere pinchazo en el dedo, pero sí una inversión económica (60 euros para 14 días), y recompensan a sus mascotas con una galleta.

"Si el sensor indica que los niveles están muy bajos, tomo azúcar en compotas, zumos, galletas o hidratos de carbono, y si son altos, me pincho insulina", detalla Ana. Pero la joven ya empieza a tener un control sobre ella misma. Cuando se siente especialmente cansada o cuando todo le molesta sabe que sus niveles se están alterando.

"En una primera fase se entrena a los perros para que identifiquen el olor. En la segunda se trabaja en casa con los niños", informa Francisco Martín, director del centro de entrenamiento Canem en Zaragoza. Es esta segunda fase la más complicada, según Martín, sobre todo para lograr la vigilancia nocturna. "Las perras deberían quedarse en una especie de duermevela y permanecer pendientes durante el sueño de las niñas", señala. Pero Moka y Lupa aún no lo consiguen del todo.

Mientras eso ocurra, las perras siguen trabajando en cualquier circunstancia para que sus dueñas tengan una vida lo más normal posible. "Hemos tenido la suerte de que Ana y Eva puedan llevar a sus perritas al colegio, pero no siempre es así, al menos en España. Otra familia en nuestro mismo caso no ha podido llevar a la perra al colegio de su hija en Alcobendas", ha explicado Delphine Delaittre, la madre de las niñas. 

Hazte Eco | SINC | Madrid | 30/09/2016

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