El mundo siempre ha estado en continuo cambio y las fórmulas de aprendizaje también, pero la digitalización ha acelerado el proceso de forma notable. Un informe publicado por el Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información (ONTSI) señaló que el proceso de digitalización en España avanzó en 18 meses lo que en una situación normal hubiera necesitado 5 años. La realidad es diferente tanto para el alumnado, como para docentes y familias.

La tecnología como facilitador dentro y fuera de las aulas

La comunidad educativa tiene claro que la tecnología no es buena ni mala per se, sino que adquiere valor si se pone a disposición del aprendizaje. El reto es vencer el estigma de que la digitalización viene de fábrica con etiqueta para tratar de descifrarla en términos de progreso social. Interpretar cómo la tecnología puede mejorar los espacios de aprendizaje es el quid de la cuestión.

El profesorado apunta que la tecnología potencia el trabajo colaborativo, generando una nueva cultura del trabajo, más dinámica, creativa e integradora. Esto es posible gracias a la transformación del espacio, que determina una nueva manera de aprender. De un aula hermética y estática con recursos limitados, a espacios abiertos, expansivos y con recursos infinitos.

Caminamos hacia un modelo híbrido e interconectado. La aceleración tecnológica a raíz de la pandemia provocó una adaptación exprés de instituciones educativas y organizaciones hacia el ámbito online. Pero la denominada “nueva normalidad” parece dilucidar la conveniencia de un modelo híbrido. Los espacios sincrónicos, capaces de interrelacionarse con otros que suceden al mismo tiempo y con idénticos objetivos, ya se han testeado y ganan progresivamente protagonismo. La realidad avanza hacia el blended learning o b-learning, que combina la enseñanza presencial con actividades a nivel digital que sirven de refuerzo o complemento.

El impacto tecnológico cuenta con voces críticas, que señalan la pérdida de disciplina y sacrificio, baja tolerancia a la frustración o la deshumanización como principales problemas. El alumnado tiene cada vez menos paciencia y capacidad de retención, acostumbrado a una disputa continua por su atención en las pantallas. Por eso, la comunidad educativa ha de velar porque el factor humano siga presente en los espacios de aprendizaje.

La formación en empresas e instituciones

Ante la nueva tesitura, el mundo empresarial, preocupado por la continuidad de negocio y los resultados anuales, ha forzado su adaptación al cambio destinando recursos antes inimaginables al desarrollo y la formación de sus equipos. Las plataformas de trabajo, tipo Zoom, Teams o Skype, o softwares desarrollados ad hoc para el trabajo colaborativo, son cada vez más habituales en las organizaciones. Propician oportunidades de negocio y las empresas ganan competitividad, por lo que el riesgo de inversión les compensa. Tanto como contar con planes de formación continua, donde las habilidades digitales de los equipos empleados se expanden o fortalecen.

Este escenario híbrido, de alta especialización y repleto de competencias digitales, tiende a la individualización y dispersión, por lo que las organizaciones cada vez más cuentan con profesionales formados para mantener la cohesión e identidad de sus plantillas desde el mundo offline hasta el online. Cuentan con especialistas dedicados a “people & culture”, capaces de fomentar una cultura del trabajo actual y conectada por valores intangibles pero de gran capital simbólico. La era del propósito está íntimamente relacionada con la creación de entornos híbridos.

La tecnología en familia

La omnipresencia digital impone que padres y madres tengan que, como mínimo, comprender las particularidades del entorno digital, sus posibilidades y amenazas. La tecnología les exige descifrar los códigos de los entornos online que frecuentan los adolescentes, al tiempo que les facilita aspectos fundamentales para la convivencia.

Mónica de la Fuente, CEO de Madresfera, destaca el impacto que en términos de conciliación ha propiciado la tecnología: “Ha modificado cómo las familias empleamos nuestro tiempo, diversificando e igualando los roles de madres y padres. Nos ayuda a conciliar. Existen cambios significativos gracias a las clases de refuerzo online, que suprimen los desplazamientos y nos hace la vida más fácil”.

Otro aspecto que destaca de la Fuente es el papel de los videojuegos como herramienta pedagógica, antaño considerados una mala influencia. “Hoy es cada vez más habitual ver a nuestros hijos e hijas aprendiendo a través de videojuegos”. La gamificación ha llegado para quedarse.

La transformación docente y la inclusión de la población

La transformación y especialización del aprendizaje tiene una doble vertiente formativa. Por un lado, que las personas reciban un aprendizaje digital consciente; por otro, que el profesorado se especialice a un nivel inédito hasta ahora. 


Y es que la evaluación de los equipos docentes ha cambiado. Hoy se valoran sus capacidades para distribuir y ordenar la información en plataformas online, las habilidades de comunicación digital, la formación en seguridad informática o incluso la posibilidad de crear vídeos y cápsulas formativas. El docente de esta década se ve abocado a la formación continua en competencias digitales y a cultivar habilidades blandas e interpersonales.

En este escenario social cabe señalar un reto global y mayúsculo: la accesibilidad. La necesidad de que todas las personas, de todos los lugares, cuenten con los medios y las habilidades tecnológicas que faciliten su desarrollo. La formación será fundamental para ello. Silvia Saucedo, pedagoga y directora del programa RAI Te Orienta, hace hincapié en esta cuestión:

“La digitalización ha entrado en nuestras vidas de una manera fulgurante, con un impacto positivo en términos generales”, cuenta. “Sin embargo, a raíz de la pandemia se dio por sentado que las personas tenían una serie de competencias digitales para afrontar los retos que tenemos por delante, y eso no siempre es así. Muchas personas no cuentan con habilidades para desarrollar acciones en el ámbito digital, pese a tener un móvil y saber usarlo a nivel personal”.

“En términos laborales y de empleabilidad, cada vez hay una exigencia mayor. Un ejemplo, hay profesionales del mundo de la limpieza que trabajan para empresas que les exigen competencias digitales mínimas para rellenar una hoja de excel, organizar horarios o descargar su nómina. Esto implica la necesidad de una mayor alfabetización digital, pues hay personas que se están quedando atrás”, analiza la pedagoga.