Pablo está en clase de Filosofía en el instituto. En el primer curso de Bachillerato, el joven madrileño escucha a la profesora hablar de Tales de Mileto, considerado uno de los siete sabios de Grecia, uno de los primeros filósofos, un pensador que rompió con el uso de la mitología y dijo que el agua es el primer principio de todas las cosas. Para Pablo, el principio de todas las cosas es el teléfono móvil que tiene en el bolsillo del abrigo. Las ventanas del aula están abiertas para mejorar la ventilación y frenar la extensión del coronavirus. En su centro escolar, en el centro de la ciudad, tienen como norma que el móvil no se usa en las clases, pero él lo mira de soslayo por si le ha llegado alguna notificación. Un poco más tarde, en el recreo, Daniela y Julia se van al cuarto de baño para echar un vistazo al TikTok o ver si hay movimiento en los grupos de WhatsApp. La Comunidad de Madrid prohibió este curso el móvil en los centros educativos. En Galicia y Castilla-La Mancha se impuso esta medida hace más de cinco años, y en el resto de comunidades manda el criterio de los centros escolares. Con prohibición o sin ella, los adolescentes siguen llevando al centro escolar sus smartphones, otra cosa es cómo, para qué y cuándo lo utilizan.

Ninguno de los chavales consultados por Levanta la cabeza comprende por qué les ha tocado una adolescencia tan extraña, donde no pueden ver apenas el rostro de sus amigos, ni ir a fiestas o visitar a sus familiares. Y encima están bajo sospecha por estar todo el día liados con el smartphone. La incertidumbre afecta a niños, jóvenes y adultos.

Saltan las alarmas

La pandemia, los sucesivos confinamientos y un curso académico anormal han transformado el uso de las tecnologías. Los teléfonos, tabletas y ordenadores forman parte de la existencia de los más jóvenes en grado máximo. Y las alarmas no dejan de saltar. Un abuso de las pantallas afecta al sueño, al rendimiento escolar, a las relaciones sociales, a la salud mental y física. Los neurocientíficos así lo afirman, los educadores se dan cuenta y los padres a veces no lo quieren ver.

Pilar Beneito y Óscar Vicente-Chirivella, investigadores de la Universidad de Valencia, son dos economistas preocupados por el sistema educativo. Entre los cometidos de los economistas también estar pensar cómo organizar mejor los recursos públicos para que sean más eficaces. Llevaban tiempo leyendo cuáles son los principales riesgos del abuso de las pantallas en los alumnos. Un día escucharon que Galicia y Castilla-La Mancha habían decidido prohibir el uso del móvil en los centros escolares entre finales de 2014 y principios de 2015. Decidieron este año analizar la situación y aplicar técnicas estadísticas econométricas para ver el efecto de esas prohibiciones. Conclusión: en comparación con el resto de comunidades autónomas y gracias a la prohibición, el acoso escolar en esas dos regiones ha disminuido y los resultados escolares han mejorado.

Se necesita un control

Esta causalidad entre prohibición de los teléfonos y disminución del bullying y aumento del rendimiento acaban de publicarla, como documento para discusión, en Eri-ces, el grupo de investigación en comportamiento económico y social de la Universidad de Valencia. ¿Debería, entonces, prohibirse el uso de teléfonos móviles en los colegios de toda España? ¿Acabaríamos de una vez por todas con las situaciones de acoso? ¿Mejoraría la nota y conocimientos de los alumnos?

No estamos apostando de una forma beligerante por la prohibición, pero sí decimos que se necesita un control de cómo se usan los menores las pantallas. Lo que defendemos es que si hay una prohibición legal en una comunidad autónoma, el profesorado tiene un respaldo legal. Muchos profesores se sentirán fuertes en el aula. No es lo mismo que yo les diga a los alumnos ‘no uséis el móvil’ que ‘os recuerdo que la normativa autonómica os impide usar el teléfono aquí”, explican a Levanta la cabeza los dos investigadores.

En España, Galicia (a comienzos de 2015), Castilla-La Mancha (a finales de 2014) y Madrid (este curso 2020-2021) prohíben usar el móvil en clase. En el resto de territorios autonómicos no existen regulaciones específicas y se confía en la autonomía y criterio de cada centro. La gran mayoría de profesores está no quiere móviles en aulas y patios escolares, salvo en aquellas situaciones donde sean imprescindibles como herramienta de aprendizaje. Francia aplicó está prohibición en 2018, cuatro estados de Australia desde el año pasado e Israel desde 2016. Es cierto que hay muchos estudios sobre las consecuencias de un uso irresponsable del móvil en el estado emocional, físico y mental de los niños y niñas, pero muy pocos que hayan evidenciado una relación de causalidad entre prohibición y casos de acosos o resultados académicos.

Pilar Beneito y Óscar Vicente-Chirivella | Pilar Beneito y Óscar Vicente-Chirivella

Para llegar a los resultados, Beneito y Vicente-Chirivella utilizaron la denominada técnica ‘diferencia-en-diferencia’: “Estamos acostumbrados a pensar en variables asociadas que crean una correlación, pero no una causalidad. En este caso necesitábamos información de todas las regiones antes y después de la prohibición decretada en Galicia y Castilla-La Mancha. Primero comparamos cómo de diferente era la evolución del acoso y el rendimiento escolar entre regiones antes, y si después esas diferencias habían experimentado cambios. Controlamos otras variables sobre efectos que pueden estar correlacionados y que pueden confundir esa relación causal: por ejemplo, nivel de renta, inversión en educación, porcentaje de adolescentes con móvil. Aunque todas las técnicas tienen sus puntos débiles, de esta forma podemos acercarnos más a la causalidad”, explica Pilar Beneito.

Las conclusiones han sido esclarecedoras: Después de la prohibición, hace cinco años, los datos de acoso escolar han disminuido entre un 12 y un 18 % en apenas tres años en las dos autonomías respecto a las otras regiones, “cosa que antes de la intervención, en 2015, no ocurría”. “Redujo notablemente la incidencia de acoso, en particular, entre los niños de 12 a 14 años y los adolescentes de 15 a 17 años”, relata su paper para discusión.

En cuanto a los resultados académicos –tomando los baremos del informe PISA de matemáticas y ciencias naturales–, el impacto en los estudiantes gallegos de 15 años está por encima de los 10 puntos en matemáticas y de 12 en ciencias. “Nos parecen cuantitativamente no desdeñables, dado que se evalúan apenas tres años desde la prohibición”, comentan los profesores. “Los chavales analizados han vivido bajo la prohibición durante casi toda su educación secundaria. Es un buen colectivo para mirar, en esas edades es donde el uso del móvil está más descontrolado. Son suficientemente mayores para que casi el 100 % use teléfono, pero no son tan mayores como para hacer una autogestión correcta del dispositivo”, asegura Vicente-Chirivella.

"La prohibición es barata"

Es cierto que incluso con prohibición, hay muchas excepciones a la norma, aunque los investigadores sostienen que el control ha sido mayor en las regiones con restricciones legales que en las demás. “Hemos subestimado el efecto potencial de la medida. Puede constituir una medida de política educativa ‘barata’ con resultados prometedores ¿Qué medida educativa genera una mejora así? ¿Cuál es el dinero que hay que gastarse para lograr esa disminución? La prohibición es barata”.

Aunque la prohibición no influya tanto en los resultados académicos como en rebajar las cifras de bullying, los profesores admiten que “solo con que corte el acoso escolar, ya es importantísimo. El acoso marca de por vida”.

Otra cosa es la educación digital que requieren los chicos y chicas de esas edades, sobre todo en casa. “Los padres de adolescentes saben que no se puede estudiar con el móvil al lado continuamente porque interrumpe la concentración en el estudio”, comenta Pilar. “Los padres parecen no saber los peligros del abuso de pantallas. Tiendes a pensar que el círculo que te rodea es la realidad, pero no es así. En mi círculo lo puedo tener claro pero luego me voy a un restaurante y veo que hay niños con 6 o 7 años enganchados al móvil mientras los padres comen tranquilamente. Eso es inconsciencia. Si supieran los efectos negativos, no lo harían”, explica Óscar.

Ampliar la muestra

Los dos investigadores quieren ir más lejos, descender al nivel del colegio para refinar aún más el estudio. “Nos encantaría tener datos nacionales de los resultados académicos de cada niño y su uso del móvil. Analizar los contenidos que ven, horas de uso, para qué lo utilizan”, reconocen. Igual que el uso correcto de los dispositivos móviles posiblemente mejore el aprendizaje y desarrollo académico, el debate sobre la utilización de los teléfonos como fuente de entretenimiento y de acoso dentro de los centros no se ha tratado de forma rigurosa ni a nivel político ni científico. “Los efectos potenciales de la regulación del uso del móvil en las escuelas sobre el acoso son inexistentes”, reconocen los investigadores.

La pena es que la ‘nueva normalidad’ (estados de alarma, confinamientos, etc.) ha tenido un efecto pernicioso: mal uso de las pantallas, menor control y más horas con el móvil.

Aquí tienes una guía familiar para reducir las horas de móvil.